... un padre y un hijo que no supieron quererse. Un padre y un hijo que enfrentábamos miradas vacías. Era tanto lo que compartíamos que nos resultábamos incómodos. Éramos tan parecidos que nos estorbábamos. Uno era más orgulloso que el otro y no sabíamos quién era el uno y quién, el otro. Sé que nunca dejamos de querernos, pero también sé que nunca hubo amor en un abrazo. Y cuando comenzábamos a desviar nuestro orgullo y a ablandar las palabras, el tiempo se consumía sin pereza. Cada semana que pasaba pesaba una vida entera en él. Sus ropas se estiraban cada día más o cada día más se encogía él. Llegó un día en el que se detuvo su aliento y se perdió su mirada y mi te quiero quedó en el eco de un susurro en la sala.
día del orto
sábado, 8 de agosto de 2009
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