martes, 8 de diciembre de 2009

Parte II

Continuó su vida diaria, su trabajo continuó con algunas depresiones que no pasaron desapercibidas ante la observación de su jefa a quien debió dar explicaciones: sin detallar demasiado, dijo que estaba atravesando un momento difícil y ella sin vacilar preguntó “¿lo dejó su chico?” Él no respondió pero ella sabía que sí, y siguió hablando, consolándolo con una serenidad que asombraba, como si alguien más le hubiera anticipado la noticia, mientras él, perplejo, se bifurcaba en la doble preocupación del empleado excelente con excelentes métricas, cuyos objetivos eran los ideales y sus ideales, contrarios a los comunes, a los que hoy estaba alarmando con sus resultados parciales las mediciones de su jornada; y por la sensación de desnudez que le provocaba la naturalidad con la que reaccionó la superiora frente a lo que él creía que había disimulado perfectamente. Fue un instante que se extendía y se extendía mientras el estupor extremado le suspendía el discurso y no por mucho la razón. Como si rebobinara una cinta VHS, volvía en su memoria buscando el momento en que había fallado su actuación y al tiempo procuraba continuar atendiendo a su cliente, pero tanto una como la otra cosa le resultaban imposibles. Con los codos doblados y apoyados sobre el escritorio sostenía en sus palmas el mentón y con las yemas apuñalaba sus sienes y penetraba con la mirada el LCD de su computadora y cada píxel se convertía en un pensamiento que le perturbaba el resto de su ya imperceptible tranquilidad. Seteó en Aux3 su Avaya, lo que le permitía ir al baño, y cuando hubo finalizado la telecomunicación, avisó y salió del edificio a fumar un cigarrillo y permitirse un poco de distracción.

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